Retrospectiva

SEPTEMBER 8, 2014

Todo arte es una danza de sentido que se mueve de forma en forma.
Guy Davenport

Portobelo es un pueblo de pescadores en la costa caribeña de Panamá. Ubicado en un magnífico puerto natural, fue declarado Patrimonio de la Humanidad debido a su compleja historia colonial y a su legado arquitectónico. Cristóbal Colón se topó con la bahía en 1502 y, según cuenta la leyenda, quedó tan cautivado que la llamó ‘Puerto Bello’. En los siglos XVII y XVIII, Portobelo fue el eje portuario de la exportación de plata, la sede de ferias comerciales de fama mundial y, en consecuencia, la víctima de incesantes saqueos por parte de almirantes y piratas ingleses. (Se supone que Drake está enterrado en el fondo de la bahía.) También fue un centro importante de trata de esclavos. Abundaban los cimarrones o “congos” (esclavos fugitivos cuyos descendientes se asentaron a lo largo de la costa atlántica de Panamá), quienes a menudo se aliaban con los piratas para combatir a sus opresores españoles. En 1579 las autoridades de Portobelo se vieron obligadas a firmar un tratado con estos altivos y enérgicos rebeldes afropanameños, sentando así el primer precedente para la liberación de los esclavos en América.

La artista y fotógrafa Sandra Eleta tenía cinco años cuando la llevaron por primera vez a Portobelo, ubicado a hora y media de la ciudad de Panamá. “Mi mamá me vestía con lazos y encajes para ir con mi papá a visitar al embajador de España. Nunca pisamos la embajada sino que íbamos a Portobelo a visitar a un hombre que se llamaba D’Orcy. Era un negro altísimo con una barba blanca. Le había salvado la vida a mi abuelo”.1 Oriundo de las Antillas francesas, D’Orcy sentaba a la pequeña Sandra en su regazo y le cantaba canciones francesas, balanceándose en su mecedora frente al mar. Al principio, le tenía miedo y fascinación. Luego se encariñó con él y con todo ese ambiente. Mucho después, a principios de los años 70 —después de que concluyó sus estudios en Nueva York y residió con parientes en Madrid— sintió un fuerte deseo de regresar a Portobelo y a aquellos mágicos recuerdos de infancia. Cuando llegó a la casa de D’Orcy, estaba trancada. Los vecinos le informaron que había muerto la semana anterior y que le había legado la casa a su padre. Sandra decidió instalarse allí. Cuarenta años después, la vieja casa de madera sigue siendo su hogar, y tanto su vida como su arte están íntimamente ligados a la gente de Portobelo.

Este giro radical quizá se debió en parte a su amistad con Ernesto Cardenal, el famoso poeta y sacerdote revolucionario que fundó una comuna evangélica, artística y sandinista entre los humildes isleños del archipiélago de Solentiname, en el lago Nicaragua. Sandra fue varias veces y produjo un testimonio visual que se exhibió en Nueva York junto a pinturas de artistas de Solentiname. En 1977, la Guardia Nacional de Anastasio Somoza masacró y destruyó la comuna. Cardenal logró escapar y más tarde fue nombrado ministro de cultura bajo el primer gobierno sandinista. Él y Sandra comparten una fe en la riqueza espiritual de las comunidades rurales, pero ella nunca ha creído en las utopías ni en la violencia de ninguna especie.

La fotografía de Sandra es siempre acerca de la gente. No cualquier gente, sino exclusivamente aquellos en los márgenes de la sociedad. Nunca usa su cámara por motivos antropológicos, estéticos (aunque sea una magnífica estilista) o voyeristas. Oprime el obturador sólo después de haber establecido un vínculo profundo, de mutua confianza, con el retratado. “Al fin y al cabo, la técnica es un instrumento. Para mí su verdadera importancia no radica en su perfección, sino como instrumento de amor, vínculo y recuerdo”.2

Sandra prefiere trabajar en proyectos a largo plazo con determinadas comunidades, familias o grupos inmersos en su propio entorno. Casi siempre los niños y las mujeres son el núcleo de sus series de retratos. Precisamente fueron los niños de Portobelo quienes se convirtieron en sus primeros retratados y en los catalizadores de la integración a la comunidad de esta tímida y enigmática extranjera que vivía recluida en la casa del antillano muerto. Los portobeleños le decían “la Bruja” (después se volvió un apodo cariñoso). Detrás de los niños, fueron acercándose las mujeres. Comenzaron a entablar amistad y a revelarle poco a poco las ricas complejidades de su cultura.

Los portobeleños veneran a su “Cristo Negro” tanto como a sus antepasados congos, quienes lucharon por recuperar su libertad y dignidad: un hecho histórico que los enorgullece e informa toda su cosmovisión. Esta se traduce en poderosos ritos, danzas de un erotismo delirante, expresiones y formas lingüísticas inescrutables, viscerales performances parateatrales, vibrantes disfraces cargados de simbología, conjuntos de objetos codificados pero flexibles, patrones visuales, percusivos, rítmicos y melódicos, y personajes arquetípicos provenientes de la religión, el mito, las fuerzas naturales, la magia y la historia. Sandra admite que no puede saciarse de todo esto: “No sé si es una maldición o una bendición; me sigue, me renueva, cada vez le encuentro niveles distintos de expresión, de riqueza; es como una fuente inagotable para mí”.2

En su propia casa fundó el Taller Portobelo, una cooperativa de mujeres que bordaban y vendían colchas y ropa a tiendas en Panamá y Europa. La cooperativa prosperó durante casi una década, hasta que cerró por serios desacuerdos entre sus 30 integrantes. En los años anteriores y posteriores a la invasión de Estados Unidos en 1989, la situación financiera del pueblo se agravó debido a la crisis política del país. El abuso de drogas se convirtió en un grave problema. En 1993, el Taller Portobelo reabrió, esta vez como un taller de artistas, gracias a la ayuda de Arturo Lindsay, artista colonense y profesor del Spelman College en Atlanta, a quien una beca le permitió quedarse seis meses en Portobelo. Lindsay motivó a sus primeros miembros —Yaneca Esquina (ganador del II Premio en la Bienal de Arte de Panamá 2000), Jerónimo Chiari y Pajarito Jiménez, entre otros— y les enseñó cómo estirar y preparar un lienzo en bastidor. (Con poco o ningún conocimiento técnico del arte occidental, los cuadros de estos artistas aluden a leyendas, ceremonias y retratos imaginarios de sus antepasados.) Además, se tendió un puente internacional: Spelman estableció un programa de residencias en Portobelo para estudiantes de arte; a su vez, Yaneca y otros visitaron Atlanta y otras ciudades de Estados Unidos para ofrecer conferencias, impartir talleres y exhibir sus obras.

Hoy, muchos proyectos atraen a numerosos turistas e investigadores culturales a Portobelo. Estas iniciativas —en buena parte impulsadas por la Fundación Bahía de Portobelo, presidida por Sandra— incluyen la Escuelita del Ritmo, el Taller Portobelo, la comparsa Barrio Fino, una galería de arte, un futuro museo congo, el Festival de la Pollera y el Festival de Diablos y Congos. Sospecho que, a pesar de su significativa conexión con el mundo exterior, algunos portobeleños —tanto muertos como vivos— prefieren seguir soñando y bailando entre ellos, en un espacio aislado y sin tiempo.